Lo corpóreo de la organización

El teletrabajo y el confinamiento ponen de relieve la importancia de lo físico en la comunicación organizacional

Enric Castelló

La noción de organización corpórea que debatimos en Comunicación y ser de la organización es quizá una de las que pasan más desapercibidas del libro. En principio aparece como una idea muy simple. “Es el nosotros material, si se quiere, atómico”, escribí. Más allá de lo perogrullesco, es compleja y requiere de una reflexión oportuna tras tres meses en que teletrabajo ha eclosionado. 

Los edificios vacíos evidencian la persistencia de la organización corpórea

Lo material era un valor en horas bajas, en entredicho, en una economía en red que ensalzaba lo virtual. Por eso, hablar de edificios, mesas, cables y demás acontecía, como mínimo, bizarro y anacrónico. También cuesta entender qué tiene esto que ver con la comunicación de la organización. En el libro introduje la idea de que la organización corpórea se asimila a los medios de producción: el primer nivel del ser de la organización y de su identidad. 

También las personas tenemos un físico que “está” en la organización: aunque estemos en casa, nuestros ojos leen el informe, nuestras manos escriben sobre el teclado, nuestros cerebros piensan en la reunión. Es un gran olvidado, se da por supuesto. A menudo, por desgracia, se trata casi como a un mero recurso expuesto a un riesgo laboral. Las organizaciones trabajan aún poco la comunicación considerando a los que formamos parte de ella en nuestra integridad. Sí, quizás un día explican cómo funciona la silla ergonómica, ofrecen un cursillo, nos hacen análisis o envían un mensaje con consejos para que hagamos pausas. Pero la comunicación organizacional que considera la corporeidad, tanto de lo material como de lo humano, va mucho más allá de la gestión de riesgos. Se requiere una comprensión del ser físico. Ese ser entra en problemas con el estrés excesivo, por ejemplo, pero también consigue recompensas con los éxitos colectivos, los retos logrados y los momentos placenteros en la organización. La comunicación debe trabajar con todas estas cuestiones.

El confinamiento supuso un gran reto organizacional para todos, pero especialmente para las instituciones, empresas y colectivos que decidieron o tuvieron que seguir operando on-line. Intentaron seguir siendo, pero confinando o clausurando la corporeidad. En el intento de anular lo físico, se delató justo lo contrario: la imposibilidad de ser sin el mismo. Se cerraron edificios y se envió la gente a casa para seguir dando el mismo servicio telemáticamente. El discurso organizacional hegemónico fue que podíamos hacer lo mismo si todos hacíamos un esfuerzo: como si no importara el lugar tampoco. Pero desde el primer momento el nosotros corpóreo se manifestó: “¡Hola! estamos aquí: soy tu no-mesa, soy tu no-ordenador, soy tu no-cuerpo…”. El dasein es puñetero. La idea más abstracta siempre tiene su contrapartida práctica. Lo más filosófico es siempre en realidad lo más sencillo y pedestre: “Es que me dejé esos papeles en la oficina” (¿papeles?); “es que no puedo firmar desde casa” (¿hardware?); “es que llevo dos semanas confinado, sin caminar como antes, y me duele mucho la espalda” (¿espalda?); “ese programa no me funciona en mi portátil personal” (¿no lo teníamos todo en la nube?); “es que si no voy en persona, me cuesta saber qué le pasa a la máquina” (¿en persona?); y así. 

A los que pensaban que lo físico, el espacio y la materia eran cosas que se podían ningunear en tiempos de la economía en red y de comunicación sin límites, la realidad –lo que está hecho de átomos existe pese a todo– les ha aguado la fiesta. Ese discurso se asimilaba a la idea de “deterritorialización” de la sociedad, la cultura y la economía: la noción de que el territorio y el espacio físico ya no son relevantes y que las redes nos igualan con independencia de donde estemos. A mi humilde juicio, creer que esto es así genera un problema. ¿De verdad alguien piensa que el hecho de que demos una charla a unos estudiantes de Perú desde Tarragona o de que estemos cada uno en nuestro apartamento, significa que el ‘lugar en dónde estamos’ no impacta en nuestro trabajo y en nuestra condición, en nuestra comunicación y en nuestro ser organizacional? Creo que hoy ya nadie puede defender esto con robustez. Ha tenido que venir un virus, una ¿criatura? de escasos nanómetros, para recordarnos lo que estábamos olvidando.

La organización corpórea no es para nada prescindible. Bien al contrario, es el hueso de la misma. El espacio físico influye en nuestra comunicación como colectivo: la sede corporativa, las oficinas, los equipamientos, los medios de producción, y el resto de cosas materiales comunican. Las personas que trabajamos no somos unos meros recursos –el concepto mismo de recursos humanos está muy contestado–, sinó el primer eslabón del ser de la organización misma. Cualquier estrategia de comunicación debe partir de la consideración de que el ser y la identidad organizacional comienzan con la simple y llana materia.