Edgeless Communication

La comunicación organizacional en tiempos de pandemia borra aún más los bordes de “lo interno”

Enric Castelló

La comunicación organizacional se ha transformado por completo en los últimos meses. Con la crisis sanitaria, las empresas e instituciones enviaron a los trabajadores a casa. Hoy intentamos volver a “la normalidad”, pero parece que algo cambió del todo. El teletrabajo vino para quedarse y las organizaciones se plantean si vale la pena volver a la presencialidad del pasado. Muchos han constatado –ya lo sospechaban– que no hacía falta destinar horas para llegar al trabajo, gastar combustible, residir en un sitio carísimo, volar para reunirse, o incluso reunirse. Pero si hay algo que pone de manifiesto la situación es el refuerzo de la idea de la comunicación sin bordes, o el edgeless communication, una realidad que evidencia la poca utilidad de distinguir la comunicación interna, o de lo poco claras que son las fronteras de nuestra organización. ¿Dónde empieza y dónde acaba?

El concepto, que esbozamos en Comunicación y ser de la organización (p. 110-122), parte de que la distinción de la comunicación interna es poco operativa. La crítica a la separación simplista entre interno y externo en la organización no es nueva. Lo que se ha reforzado hoy es la intensidad en cómo se han borrado los bordes de las organizaciones. Hemos metido el trabajo en casa y asistimos a reuniones mientras nuestro gato se pasea por el escritorio, nuestros hijos toman clases de música en otra habitación y pensamos que en cinco minutos hay que poner el agua a hervir. La crisis sanitaria ha intensificado el borrón entre lo público y lo privado, lo profesional y lo personal, lo organizacional y lo extra-organizacional, el trabajo y el afterwork

En las universidades los profesores nos hemos puesto a dar clase desde el comedor de casa o el despacho, en donde aparecen nuestros cachivaches y libros; en los restaurantes toman nota on-line y te llevan el menú a casa o te llaman al teléfono personal para acabar de gestionar el pedido; asociaciones, creativos, cooperativas y otros coordinan acciones en las que se mezcla lo propio y lo ajeno a la organización; las reuniones importantes se gravan y uno debe excusarse para apagar la centrifugadora de la lavadora que molesta al grupo.

En esta tesitura parece que toma más sentido observar los niveles de proximidad de la comunicación organizacional y estratégica. Aquellos ordenados en los parámetros del espacio (cercano o alejado) y el tiempo (cotidiano o esporádico), más que en los que consideran lo interno de lo externo. Un compañero comentaba que esta ordenación en niveles le ayudaba a entender mejor las posiciones de partida comunicativas. No se trata de saber distinguir entre lo personal de lo profesional, aspecto que hay que respetar, sino de no resistirse tanto a separar lo organizacional de lo que no es, puesto que al final, puertas y barreras son permeables. 

Las valoraciones morales de esta realidad, si no van acompañadas de alternativas, son poco fructuosas. Una salida está en no tomar una posición de resistencia y dejar fluir la comunicación, pero también manejar los tempos y espacios en los que nuestra organización comunica. El dónde y el cuándo. Nos guste o no, hoy es complejo mantener una comunicación interna cuando se busca exclusividad o incluso privacidad. Casi llegamos a pensar que estamos en una plaza sin paredes, donde entran y salen personas. En vez de obsesionarnos con el control, la situación exige ser excelentes con la calidad de lo que decimos y sobretodo de lo que hacemos. Sí, es una situación que genera estrés y ansiedad. Pero esa ansiedad es la propia de la oportunidad y de la posibilidad. Esa posibilidad hace que sucedan cosas, pero como decía Kierkegaard, es de hecho una categoría pesada de soportar.