La comunicación, lo común y el virus

Enric Castelló

En los años 90 Elinor Ostrom articuló una teoría sobre los comunes en su libro, ya un clásico académico, Governing the Commons. Una de las tesis que Ostrom defendió entonces fue la refutación de la idea de la tragedia de los comunes. Simplificando, esta es la consideración de que el bien común acaba siendo depredado por los individuos u organizaciones que se pueden beneficiar del mismo. Imaginad un pastel que se regenera cada diez minutos ante la mirada de diez personas (poned niños). Si se esperan podrán comer de forma indefinida siempre que quede un trozo, pero si devoran el último trozo se quedan sin pastel. La tragedia explica que el pastel se acaba. Esa idea había sido expuesta en los años sesenta por el ecologista Garrett Hardin en un artículo publicado en Science. El dilema sobre los comunes viene a colación de la situación que hoy vivimos con el problema del coronavirus y el comportamiento de personas y organizaciones. ¿Qué papel juega la comunicación en todo este embrollo? ¿Cómo y qué comunicamos a esos diez “niños” que miran el pastel?

Lo común o el bien común es ahora la salud pública. La tragedia de los comunes se entiende en un supermercado. Si entra una persona con mascarilla y guantes, que se mantiene distanciada de las otras, compra lo que necesita de forma razonable, y se va para su casa sana y salva, esa persona se ha beneficiado de un bien común –la salud pública– de una forma sostenible –siguiendo unas pautas que no depredan ese bien en exceso. La tragedia de los comunes argumenta que, dada nuestra naturaleza como individuos y empresas, ese sistema no puede funcionar sin un estricto control ya sea público o privado, que incluso imponga multas y sanciones a quienes no lo respeten. Así, en esa teoría, dejados a su razonamiento impulsivo, los individuos entraremos en masa en el supermercado, lo infectaremos todo y también a nosotros mismos, arrasaremos comprando todo lo que podamos, el supermercado acabará cerrando y habremos depredado hasta la extinción ese bien común, en ese contexto. A hacer puñetas el pastel, pero yo me comí el último trozo (esto aplica también a empresas). Hardin lo expresó con una frase que hasta duele: “Freedom in a commons brings ruin to all”.

Ostrom se puso a trabajar en la acción colectiva y en la posibilidad de encontrar formas de organizar que permitieran a un bien común su sostenibilidad en el tiempo por medio de reglas de funcionamiento que aseguren un usufructo sin extinguir el recurso. Para ello, Ostrom estudió incluso los sistemas de regadío de la huerta valenciana; es curioso leer las páginas destinadas a entender como el Tribunal de les Aigües que se reunía a las puertas de la Catedral resolvía conflictos en el uso del agua de riego y las acequias. Los sistemas ancestrales de uso de lo común habrían funcionado con unas reglas que todo el mundo entendía. La economía política de Ostrom observó en aquellos sistemas cómo resolver el uso de un bien escaso que si era depredado sin “acuerdo” podía terminar en “tragedia”. Para resumir, podríamos decir que planteó un sistema alternativo a las estrictas gestión privada o pública de lo común, así como a una “libertad sin límites” que condenara el recurso a su extinción. Su propuesta se basa en un consenso de acción colaborativa. Esa es no la “única”, pero una posible solución. Es decir, los individuos y organizaciones podemos acordar de forma responsable un uso sostenible de los bienes comunes. No quisiéramos ver a Ostrom en la cola de los supermercados estos días explicando esto, pero sus propuestas son muy valíosas y a considerar. Sus cálculos, estudios y postulados le valieron el Premio Nobel de Economía en 2009; la primera mujer economista galardonada con el reconocimiento.

Papel de la comunicación

Pero vamos a lo nuestro. ¿Qué papel juega la comunicación en un sistema de los comunes? Algunos estudios se han circunscrito al estudio de la comunicación en un sistema, entre actores, y al análisis de como se comportan. Por ejemplo, dar mucha o poca información sobre las condiciones del supermercado, el estado y funcionamiento del bien común (cantidad de productos, posibilidades de contagiarse, cuanto esperar a que repongan papel de váter, etc.), puede modificar el resultado de cómo actúen los individuos. Para resumir, podemos decir que la idea general es que la comunicación hace eficiente un sistema de explotación de lo común. Es decir, si mantenemos informadas a las personas y a las organizaciones al respecto, y en un sistema regulado por un acuerdo colaborativo que funcione (eso es crucial), en principio, el sistema debería funcionar mejor. Pero una aproximación sociológica cualitativa como la nuestra nos exige observar las complejidades. Hay que ir a la cola del súper para observar y hablar con las personas, también con los empleados, el propietario, el legislador… Para empezar, allí no hay un sistema tan “controlado” como pueda parecer, como no lo hay en los paseos y plazas donde hasta se turnan el perro para salir de casa. Los decretos de alarma intentan establecer ese control y marco, y los medios de comunicación se encargan de explicarnos qué podemos y qué no podemos hacer, de las multas, etc. Pero eso no es el sistema colaborativo de acción que se propone desde la gestión de los comunes.

Hace casi un año que presenté en una conferencia en la Universidad el País Vasco titulada Sharing Society una ponencia donde preguntaba, entonces, qué debería observar la comunicación de una organización que trabaja sobre un bien común (en realidad casi todas, pero ese es otro debate). Trasladando aquello a esto, podríamos concluir que (1) la trasparencia (un día hablaremos del malentendido sobre la “transparencia”: es más una forma que un contenido, más un cómo decimos que un qué decimos, que también), (2) la integración de los públicos/actores, y (3) la democratización en los procesos de decisión. Dicho así todo parece abstracto, pero estos tres vectores deben aterrizar en acciones concretas en organismos oficiales, instituciones, hospitales, empresas, universidades, etc. Todos deben trabajar observando ese bien común en esta crisis (y no mirando sus réditos políticos o económicos). Lo segundo implica tener en cuenta las realidades individuales y contar con la visión de los públicos/actores. Hablamos de comunicación, por lo que hay que observar e integrar la visión de dichos grupos en los mensajes e interacciones. Aún puede parecer abstracto, pero esto se concreta en que antes de informar sobre algo, hay que consultar y considerar a los que se verán afectados en esa comunicación o sobre los que contamos que deben actuar como sujetos. Finalmente, la comunicación debe integrar de facto la opinión y postura de estos actores en la toma de decisiones futuras. Esto se concreta también desplazando dichas posiciones y empoderando colectivos: no tomes una decisión sin tener en cuenta la posición de los actores, es una viejísima regla de las relaciones públicas.

En cada momento y situación se requerirán unas acciones de comunicación. La cola del supermercado es un espacio-tiempo inadecuado, pero se pueden dar informaciones a los que estan allí de garantías de abastecimiento. También llevarlos a la reflexión: ¿Necesitas realmente hoy lo que vas a comprar ahora? ¿Puedes venir mañana o más tarde? ¿Llevas accesorios que te protejan y protejan a los otros? En general, evidenciar que nuestros comportamientos tienen repercusión en la salud col·lectiva. En los hospitales las acciones pueden ser diferentes, así como en la universidad o en los centros de trabajo. En las empresas cabe protejer a clientes y trabajadores; como explica Javier López Menacho, no es momento de hacer negocio con el coronavirus. Los medios requieren también de un trato específico y dejar de usar los recursos del miedo, el espectáculo o la anécdota para generar mensajes de responsabilidad colectiva.

Algunas de estas ideas se plantearon en Comunicación y ser de la organización. En parte se pueden resumir en una frase: da la máxima información relevante de forma efectiva, cuenta con los públicos y actores implicados e integra sus visiones en la toma de decisiones. Visto así, al final de este escrito, puede parecer que esto es tan obvio, tan sencillo, tan de cajón, nada nuevo bajo el sol. Pero es todo lo contrario, no es tan obvio, es complejo y no hay que darlo por supuesto. También está claro que hay que comunicar que no debemos comer el último trozo del pastel, y de forma sistemática nuestra cultura empresarial, organizativa y hasta los valores individuales aún no parecen reaccionar. Hay que pensar en la cola del supermercado, en las salas de urgencias de hospitales, en las aulas de las universidades, en el uso de las redes sociales, o en las casas y pisos donde se han recluido para días y días familias con niños y/o ancianos, etc. Las decisiones sobre comunicación de ese bien común que es la salud de todos son muy concretas y con resultados muy materiales. Todos estamos llamados a observar esa comunicación por lo común.